Por Sebastián Casabé
La Costa Atlántica argentina atraviesa un momento de enorme interés para la vitivinicultura. Para conocer de primera mano algunos de los proyectos que están dando forma a esta nueva geografía del vino, viajamos junto a un grupo de docentes del Centro Argentino de Vinos y Espirituosas (CAVE), una de las instituciones de formación en Sommellerie más reconocidas y prestigiosas del país
Cuando se habla de vino argentino, la primera imagen que suele aparecer es la Cordillera de los Andes. Sin embargo, a más de mil kilómetros de Mendoza, entre las sierras del sistema de Tandilia y la influencia del océano Atlántico, un grupo de productores intenta escribir una historia diferente.
El desafío no consiste solamente en elaborar vinos o espumosos. También pasa por construir una identidad para una región que todavía está definiendo su lugar dentro del mapa vitivinícola argentino.
Una región que busca su nombre
Hoy esta región de la provincia de Buenos Aires todavía no cuenta con un nombre que la identifique de manera unificada. Por eso, algunos de los proyectos que trabajan en la zona impulsan el concepto de “Sierras del Atlántico”, una denominación que busca representar un origen donde el relieve serrano y el clima marítimo conviven para dar características propias a los viñedos. Más que una denominación oficial, hoy se trata de un concepto que intenta sintetizar la personalidad de una región emergente.

Uno de esos proyectos es Castel Conegliano, una bodega inspirada en la tradición del Véneto italiano que decidió apostar por variedades poco habituales en Argentina, como Glera —la cepa emblemática del Prosecco—, además de Pinot Noir y Moscato Giallo.
Una viticultura muy distinta a la de Mendoza
Cultivar estas variedades en el sudeste bonaerense implica condiciones completamente diferentes a las de Mendoza. La Glera, por ejemplo, alcanza el punto de cosecha recién hacia mediados de marzo con alrededor de 9% de alcohol potencial. En cambio, en Mendoza suele cosecharse entre enero y febrero, incluso anticipadamente cuando se destina a la elaboración de vinos base para espumosos, alcanzando alrededor de 11% de alcohol potencial.
El material vegetal también requirió un proceso particular. Los plantines llegan desde Europa congelados, atraviesan un período de cuarentena sanitaria y posteriormente se hidratan antes de ser implantados en el viñedo. Entre las variedades implantadas se encuentran Glera, Pinot Noir y Moscato Giallo.
La conducción combina sistemas como cordón pitoneado y Guyot, buscando equilibrar el desarrollo de las plantas y alcanzar producciones cercanas a los 8.000 kilos por hectárea. Para ello se utilizan, entre otros materiales, el portainjerto americano 101-14 y el clon 777 de Pinot Noir.
El clima y los suelos
A diferencia de las regiones áridas del oeste argentino, aquí el agua no representa una limitante. Las precipitaciones rondan los 1.200 milímetros anuales, por lo que el viñedo prácticamente se desarrolla en secano. El riego por aspersión cumple otro objetivo: proteger las plantas frente a las heladas, uno de los principales riesgos climáticos de la zona.
Los suelos presentan alrededor de un 6% de materia orgánica, un valor elevado para la viticultura argentina y que obliga a prestar especial atención al manejo del vigor del viñedo.
El gran desafío: los herbicidas hormonales
Pero si el clima representa un desafío, el mayor problema hoy proviene de otro lado. Según explicaron durante la presentación, la deriva de herbicidas hormonales provenientes de cultivos vecinos afectó gravemente la última cosecha, con pérdidas cercanas al 90% de la producción.
El daño no termina en la planta. Estos productos favorecen la formación de especies reactivas de oxígeno que lesionan las paredes celulares de las bayas. Como consecuencia, los procesos oxidativos comienzan antes de la cosecha y luego continúan en los mostos, generando una mayor tendencia a la oxidación durante la elaboración.
Del viñedo a la bodega
La vendimia se realiza manualmente y los racimos pasan por una cinta de selección antes de ingresar a un intercambiador de calor y posteriormente a una prensa neumática. Todo el proceso apunta a preservar la frescura y la delicadeza aromática de variedades que encuentran, en este rincón de la provincia de Buenos Aires, una expresión muy distinta a la que ofrecen en otras regiones vitivinícolas.
Más allá de la elaboración de espumosos inspirados en la tradición italiana, Castel Conegliano parece perseguir un objetivo aún mayor: comprender qué identidad pueden desarrollar estas variedades bajo la influencia del Atlántico. Mientras esa respuesta comienza a construirse cosecha tras cosecha, también toma forma una nueva región vitivinícola que busca, algún día, ser reconocida por un nombre propio: Sierras del Atlántico.
