Los vinos de Gustavo Bertagna

Los vinos de Gustavo Bertagna

Por Sebastián Casabé

Hay proyectos que nacen desde la inquietud. Otros, desde la experiencia. Y algunos —los más interesantes— aparecen cuando ambas cosas se cruzan en el momento justo. La degustación que dio Gustavo Bertagna en Treintasillas dejó en claro que lo suyo va por ahí: un camino propio, con identidad, paciencia y una lectura muy fina del lugar.

Su historia no arranca de cero. Hubo formación, viajes por Francia y Alemania, y una etapa clave desde 2007 trabajando en Susana Balbo Wines. Pero en 2023 decidió correrse hacia algo más personal. No desde la ruptura, sino desde la búsqueda: hacer vinos distintos, en un lugar que conoce bien y con variedades poco convencionales para la zona.

El nacimiento del proyecto

El proyecto se centra en San Pablo, dentro de Valle de Uco. Un sitio con historia larga, incluso anterior al vino. Primero el ganado, después los jesuitas, más tarde el desarrollo agrícola impulsado por Valentín Díaz, un ingeniero rosarino que domó más de 700 hectáreas y pensó la tierra con lógica productiva. Mucho después llegó el vino, y con él bodegas como Salentein, que hoy ocupa gran parte de la superficie.

Pero San Pablo no es solo historia: es identidad geográfica muy marcada. Una IG bien delimitada, con altura, frío y un perfil climático exigente. Desde la ruta hacia la cordillera hay un ascenso de unos 500 metros, lo que genera múltiples escalas térmicas. Acá las heladas no son una posibilidad, son una constante. Hay años generosos y otros que ponen todo en jaque.

Ese clima continental frío define todo: ciclos de maduración cortos, acidez natural alta y vinos con tensión. En comparación con Gualtallary, la diferencia está en los suelos. San Pablo muestra un perfil menos calcáreo, con una secuencia de arenilla, rocas y suelo original en profundidad. Otra identidad, otra lectura.

Los vinos

En ese contexto, Bertagna trabaja con Pinot Noir y Chardonnay. No es el camino fácil. Son variedades delicadas, difíciles de conseguir en condiciones ideales y aún más complejas de interpretar en botella. Pero justamente ahí está la intención: vinos de guarda, con carácter, que hablen del lugar sin maquillaje.

La producción es mínima —entre 3.000 y 4.000 botellas anuales— repartidas en cuatro vinos: Estado Puro (una mezcla de blancas), Interpretación Chardonnay 2023, Estado Puro Pinot Noir 2024 e Interpretación Pinot Noir 2023.

El concepto de “Interpretación” no es casual. No busca una verdad absoluta, sino una lectura del varietal en ese lugar específico.

El Chardonnay 2023 va en esa línea. Cosecha en la segunda quincena de marzo, prensado suave y fermentaciones deliberadamente “sucias”, según sus palabras, para evitar exuberancia aromática. Hay una austeridad buscada en nariz, pero en boca aparece otra dimensión: textura leve, casi de pieles, buena acidez y volumen sostenido por lías y un uso muy sutil de barrica (vieja, de 500 litros). No es un vino inmediato, pide atención.

Los Pinot Noir muestran dos caras de una misma idea.

Estado Puro, Pinot Noir 2024 tiene más extracción, más color y una fruta con un punto de madurez mayor. La textura de taninos es de cuerpo medio, con una presencia de barrica usada que acompaña sin invadir. Se lo siente más estructurado.

Interpretación Pinot Noir 2023, en cambio, fluye distinto. Parte con algo de racimo entero y solo un 20% de paso por barrica. La acidez cambia el eje: hay más tensión, más ligereza, una nota floral sutil y un perfil que se abre con el tiempo. Aparecen incluso notas de hongo, muy finas. Es, probablemente, el más expresivo del conjunto.

El cierre lo dio su mujer, responsable de las etiquetas. Y no es un detalle menor: la estética también forma parte del relato. Todo el proyecto parece moverse en esa misma línea —precisión, identidad y una sensibilidad compartida.

Lo de Gustavo Bertagna no busca impactar desde lo obvio. Es un trabajo más silencioso, más de fondo. De esos que crecen con el tiempo, como los lugares que elige y los vinos que decide hacer. 

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